El
día fijado para la salida amaneció con un cielo absolutamente sereno, sin
trazas de nubes que pudiesen ocultar el sol, que se imponía con descaro. Mateu
y Clara se sorprendieron de lo vacía que estaba la estación al cruzar el umbral
de la gran entrada. El primero arrastraba una pesada maleta mientras su
acompañante intentaba descifrar el críptico enigma que representaba la tabla de
horarios. Se les veía nerviosos, y no extraño; pues iban a viajar en tren.
Clara, que parecía estar acercándose a lo más profundo de la desesperación
humana, se detuvo en seco.
—
¿Cómo diablos se leen estos horarios?
Mateu
se paró dos metros más adelante, dejó la maleta y se volvió hacia ella.
—
Déjame ver…
Cogió
los horarios con precaución y intentó interpretarlos, pero su silencio habló con
la mayor elocuencia.
—
Deberíamos ir a preguntar— sugirió Clara. Era consciente que el orgullo de su
marido estaba en juego, pero la posibilidad de no coger el tren a tiempo no
admitía riesgos.
—
Espera, diría que si lo miras así,— Mateu giró la hoja con los horarios 42
grados— y interpretas esta columna como…
—
Perfecto. Seguro que pensaron en esto cuando lo diseñaron.
Mientras
la pareja empezaba a elucubrar sobre cuál sería la forma más correcta de leer
los complejos diagramas del papel, Jaume les observaba desde un banco esperando
que llegase la hora de salida. Era alguien que siempre estaba atento a lo que
ocurría a su alrededor, así que se acercó a la joven pareja para ofrecer ayuda.
—¿Qué
tren queréis coger?
La
discusión de los otros dos paró en seco y fijaron su atención en el recién
llegado. Éste, una vez supo cual era el destino de la pareja, les indicó a qué
hora salía el tren y desde qué andén, lo que despertó una gran admiración en
Mateu y Clara de forma inmediata. Mateu se adelantó a recuperar la maleta que
había dejado un poco más adelante y volvió a unirse al grupo.
—
Resulta que yo también voy en el mismo tren. ¿Os parece si vamos juntos?—
sugirió Jaume, esbozando una sonrisa.
La
pareja, a quien había caído en gracia, no pudo sino asentir. Se pusieron en
marcha hacia el andén 14, en el que según la interpretación de Jaume estaría ya
esperando el tren. Quedaba más de media hora para que partiera, así que
entraron en una pequeña tienda donde se apilaban libros y revistas en ningún
orden aparente. Clara se quedó fuera mirando las postales mientras Mateu y Jaume
entraron sin saber muy bien qué esperar, éste último con la esperanza de hacer
algún extraordinario hallazgo dentro del caos que representaba el lugar. El
tesoro resultó ser una revista de crucigramas con la portada medio arrancada,
de antes que naciera cualquiera de ellos con toda probabilidad, y un cuaderno
de aritmética con algunos ejercicios y pasatiempos. La viejecita que regentaba
el local les atendió con mucha amabilidad, afirmando con vehemencia que habían
hecho la mejor elección, que los crucigramas ya no eran como los de antes y que
los tomates tampoco eran tan rojos como los del huerto de su abuelo. Los dos
chicos asintieron, respondieron tan amablemente como pudieron y se retiraron prudentemente,
llevándose a Clara mientras ésta murmuraba algo sobre el pésimo gusto de las
postales que había estado estudiando con tanta atención todo ese rato.
Como
habían previsto, el tren estaba ya en el andén cuando llegaron. Subieron al primer
vagón, el indicado según sus billetes, que seguramente no habrían sido capaces
de descifrar tampoco si no fuera por la ayuda Jaume representaba. El vagón era
muy pequeño y estaba formado por una sola estancia. En ella había solamente
ocho asientos, dos compartimentos de cuatro, uno a cada lado del pasillo. Entre
unos asientos y lo que tenía enfrente había bastante espacio vacío, de forma
que los ocupantes podían sentarse cómodamente. No obstante, la disposición del
lugar hacía que pareciese que todos los asientos estuviesen en una misma sala
común, a la que solo faltaría una chimenea para las frías noches de invierno. Encima
de los asientos había un espacio donde poner el equipaje, que entre los tres
lograron encajar sin mucho esfuerzo. Mateu se sentó cerca de la ventana, Clara
a su lado, y Jaume delante de ésta última. En el otro compartimento de
asientos, junto a la ventana, estaba Jacob. Había visto a los tres conversando
animadamente cuando llegaron y no quiso interrumpirlos entonces. Pero la
descripción que le habían dado coincidía perfectamente.
—
¿Eres Jaume?– preguntó, dirigiéndose a éste.
—
Si, efectivamente… ¿nos conocemos?
— No
directamente. Quizá has oído hablar de mí… Soy Jacob, amigo de Marta.
—
¡Sí!— la cara del otro se iluminó— Ciertamente me habló de ti. Me dijo que otro
amigo suyo se vendría, sí. ¡Yo soy Jaume, encantado!
Jacob
se presentó ante todos. No era muy dado a sociabilizarse pero, dadas las
características del viaje que estaban apunto de emprender, había decidido hacer
un esfuerzo por relacionarse con la gente que le acompañase. Mateu y Clara tenían
bastantes ganas de conocer a gente nueva, por lo que no se lo pusieron muy
complicado. Empezaron a hablar de los más diversos temas esperando que el tren
saliese mientras la impaciencia se iba apoderando de Jaume. Llegó la hora de
partir.
— Jacob,
¿tu hablaste con Marta? ¿No subía también a este tren?
— Si,—
asintió él— así es. No puede tardar en llegar— sonrió tranquilamente.
—
Ya, por eso lo digo…— la despreocupación del otro le ponía un poco nervioso— Si
se va sin ella…
Jacob
señaló por la ventana de su lado. Jaume se acercó y miró en esa dirección; ahí venía
corriendo Marta con una pequeña mochila a cuestas. Vieron como subía al vagón y
esperaron a que asomara en el compartimento. El sonido indicando la inminente
salida del tren coincidió con la triunfal entrada de Marta a la zona de
asientos.
— Lo
siento chicos, — se disculpó— casi me quedo en tierra…
Jacob
la miró satisfecho y luego le sonrió a Jaume, como indicando que en el fondo no
había de qué preocuparse. Este suspiró aliviado. Marta subió la mochila en el
compartimiento para maletas de encima del asiento de Jacob.
—
Vaya, ¿ya os habéis conocido?— dijo dirigiéndose a los dos— ¡Diría que os he
hablado al uno del otro! Esa vez que…
Marta
era muy habladora, cosa que los otros dos sabían muy bien. Se sentó y empezó a
contar que había llegado tarde porque se había olvidado de regar las flores, y
claro, uno no puede simplemente tomar el tren dejando las pobres plantas desatendidas.
A mitad de su discurso, justo cuando el tren se ponía en marcha, reparó en la
presencia de la pareja, que había observado su aparición con mucho interés pero
no habían intervenido hasta el momento. Hechas las presentaciones, Marta volvió
a tomar las riendas de la conversación, de forma que cada uno de los miembros
del quinteto se fue acostumbrando a la presencia de los otros muy rápidamente,
como si la suya fuese una configuración natural que simplemente había tardado
muchos años en darse, pero que debería perdurar como las montañas del macizo
que sabían iban a rodear al poco de salir de la estación. El tren fue alejándose
de la ciudad siguiendo la vía, siempre recto, hacia donde ésta le indicase,
hasta la próxima parada.